Sur porteño: comedores desbordados por la crisis alimentaria Conexion Ciudad, 20 octubre, 2026 La desocupación y el aumento del precio de los alimentos empujan a cada vez más familias a buscar ayuda en comedores y merenderos comunitarios. En Barracas, un espacio de la Villa 21-24 registró un incremento del 50% en la cantidad de asistentes durante el último año. La falta de recursos, las listas de espera y el deterioro de la calidad nutricional agravan la situación. La crisis económica golpea cada vez con más fuerza en los barrios populares del sur de la Ciudad de Buenos Aires y del conurbano bonaerense. En ese escenario, los comedores y merenderos comunitarios enfrentan una demanda creciente que supera, en muchos casos, su capacidad de respuesta. Familias que hasta hace poco podían sostener sus gastos básicos recurren ahora a estos espacios para conseguir un plato de comida, mientras quienes los mantienen advierten que los recursos disponibles ya no alcanzan para cubrir todas las necesidades. En distintos puntos del país, los referentes sociales describen una situación de creciente dificultad para sostener la asistencia alimentaria. La combinación de la desocupación, la pérdida del poder adquisitivo y el encarecimiento de los productos de primera necesidad se refleja en el aumento de las personas que se acercan a buscar almuerzo, cena o una merienda para sus hijos. Uno de los casos más representativos se encuentra en la Villa 21-24-Zavaleta, en el barrio porteño de Barracas, donde funciona un comedor comunitario a cargo de Natalia “Naty” Molina, referente de la Corriente Villera Independiente. Según explicó, el espacio atraviesa una situación crítica, con una cantidad de asistentes que creció considerablemente durante los últimos meses. “Somos 16 personas para 900. En el último año la cantidad de asistentes nos aumentó un 50%”, relató Molina, al describir la magnitud de la tarea que realizan quienes trabajan en el comedor. La organización debe distribuir los alimentos que recibe del Gobierno entre cuatro comedores de la zona. Sin embargo, las entregas no son suficientes para responder al volumen de la demanda. A esa dificultad se suman los gastos de funcionamiento, que deben afrontar sin un subsidio específico para sostener el espacio. “Nos dividimos la comida que nos manda el Gobierno en cuatro comedores de la zona, pero no alcanza. Subsidio no recibimos, así que nos autogestionamos y se nos hace difícil sostener el gas”, explicó la referente. También señaló que necesitan equipamiento básico para continuar con la preparación de las comidas, entre ellos ollas, utensilios, un anafe y una cocina con horno. Listas de espera para conseguir un plato de comida La falta de recursos llegó a un punto en el que el comedor debe establecer prioridades y organizar una lista de espera. La medida refleja hasta qué punto la capacidad de asistencia quedó rezagada frente al crecimiento de las necesidades alimentarias. “Viene cada vez más gente, pero lamentablemente no podemos ayudar a todos. Son tantos los que llegan que les decimos que se anoten en una lista de espera y que, si alguien no viene más, les avisamos para sumarlos”, contó Molina. La situación expone una realidad que atraviesa a numerosas organizaciones barriales: la demanda crece, pero la infraestructura, los insumos y la cantidad de personas disponibles para cocinar y distribuir las viandas permanecen limitados. Álvaro Chandi, quien también colabora en la organización, vinculó el aumento de la asistencia con el deterioro de las condiciones económicas de las familias. “Se ve un gran aumento de la demanda, que viene de la mano de un montón de políticas que hacen que se tenga que ir a un comedor”, sostuvo. El referente planteó, además, que la asistencia comunitaria debería funcionar como una respuesta complementaria y no como un reemplazo de los ingresos necesarios para que cada hogar pueda alimentarse por sus propios medios. “Cada vecino debería cubrir su comida con ingresos dignos. Nosotros asistimos a 250 familias, tanto con almuerzo como con cena, y a las cocineras no se les ofrece ni un subsidio”, señaló. Chandi también cuestionó las exigencias administrativas que deben cumplir las organizaciones. Según explicó, el Gobierno de la Ciudad les solicita registrar el nombre, apellido y DNI de las personas asistidas, una tarea adicional que demanda tiempo y trabajo de los responsables de los espacios sin que reciban una remuneración por esa función. Merenderos con más chicos y menos recursos El crecimiento de la demanda no se limita a Barracas. En el sur del conurbano bonaerense, Fernanda, responsable de un pequeño merendero, describió una situación similar, con un aumento importante en la cantidad de chicos que concurren. “Antes venían 60 chicos y hoy tenemos cerca de 100, muchos de barrios aledaños”, relató. El incremento obliga a reorganizar las raciones y buscar nuevas fuentes de abastecimiento para sostener la atención. En establecimientos que dependen de donaciones, aportes de vecinos y colaboraciones ocasionales, la posibilidad de mantener las puertas abiertas depende muchas veces de la disponibilidad de alimentos semana tras semana. Ante la escasez, algunos comedores redujeron los días de funcionamiento o comenzaron a repartir porciones más pequeñas para intentar llegar a una mayor cantidad de personas. Otros apelan a campañas solidarias, donaciones de comercios y ferias vecinales para recaudar fondos y comprar los insumos que faltan. Estas estrategias permiten sostener parcialmente la actividad, pero no siempre alcanzan para compensar la falta de recursos. Además de conseguir los alimentos, las organizaciones deben afrontar el costo del gas, la electricidad, los elementos de cocina y el mantenimiento de las instalaciones. El trabajo comunitario se convirtió así en un sostén cotidiano para cientos de familias, pero también en una tarea cada vez más difícil de mantener para quienes la llevan adelante. Menos variedad en los platos y preocupación por la nutrición La crisis no se manifiesta solamente en la cantidad de comidas que pueden distribuirse. También repercute en la calidad de los alimentos que llegan a las mesas de los sectores más vulnerables. Con presupuestos limitados y precios elevados, la compra de carne, lácteos, frutas y verduras frescas se vuelve cada vez más difícil. Como consecuencia, los menús tienden a concentrarse en productos de menor costo, como fideos, arroz y harina, con menos posibilidades de incorporar alimentos variados y fuentes suficientes de proteínas y micronutrientes. La alimentación basada en una variedad limitada de productos puede resultar insuficiente para cubrir los requerimientos nutricionales, especialmente durante la infancia, una etapa clave para el crecimiento y el desarrollo. Por eso, la falta de acceso regular a una dieta equilibrada representa un motivo de preocupación para los equipos que trabajan con poblaciones vulnerables. El problema también puede afectar a las familias que, aun sin concurrir a un comedor, deben reducir la cantidad o la calidad de lo que consumen para llegar a fin de mes. En esos hogares, la asistencia comunitaria aparece como un recurso para aliviar una situación que no siempre logra resolverse con una comida diaria. En los barrios del sur porteño y del conurbano, los testimonios de los referentes sociales coinciden en un punto: cada vez más personas necesitan ayuda, mientras los comedores deben hacer esfuerzos extraordinarios para sostener una atención que ya no alcanza a cubrir a todos. La situación de espacios como el de la Villa 21-24-Zavaleta vuelve a poner en primer plano la importancia de la asistencia alimentaria y de los recursos necesarios para garantizarla. Mientras las organizaciones recurren a la solidaridad de sus comunidades para evitar el cierre, la demanda continúa creciendo y deja al descubierto las dificultades de numerosas familias para acceder a una alimentación suficiente y de calidad. Notícias