Cierra Los Laureles, un emblema de Barracas con 133 años de historia Conexion Ciudad, 10 agosto, 2026 El histórico bar, tanguería y milonga Los Laureles cerró definitivamente sus puertas en Barracas, a pocas horas de cumplir 133 años de existencia. La noticia provocó tristeza entre vecinos y habitués de un establecimiento que durante más de un siglo formó parte de la identidad cultural del sur porteño y que, además de su actividad gastronómica, fue escenario de encuentros vinculados con el tango, la literatura, las artes y el deporte. Ubicado en la esquina de Iriarte y Gonzales Díaz, en el límite de Barracas con La Boca, Los Laureles había sido inaugurado el 11 de octubre de 1893. Su origen se remonta a una época en la que las pulperías y almacenes de ramos generales constituían espacios centrales de la vida cotidiana de los barrios. Con el paso de las décadas, aquel establecimiento fue transformándose hasta convertirse en un bodegón tradicional y, posteriormente, en uno de los lugares vinculados con el tango y las milongas que todavía conservaban parte de la atmósfera de la Buenos Aires de comienzos del siglo XX. Por sus mesas y salones pasaron personalidades de distintas disciplinas. Entre ellas estuvieron reconocidos referentes de la música ciudadana y la poesía, como Ángel Vargas y Enrique Cadícamo. También tuvo relación con figuras de las artes plásticas, entre ellas el célebre pintor boquense Benito Quinquela Martín. El mundo del deporte estuvo representado por el recordado boxeador Oscar “Ringo” Bonavena, mientras que la política tuvo entre sus visitantes al dirigente y diputado socialista Alfredo Palacios. La extensa trayectoria del establecimiento no se limitó a conservar una estética antigua. Los Laureles fue, durante años, un punto de encuentro para vecinos y visitantes, con propuestas gastronómicas y actividades culturales que permitían mantener vigente una parte de la tradición barrial. El tango, las milongas y los espectáculos fueron ocupando un lugar central dentro de esa propuesta. La pandemia de coronavirus significó un duro golpe para el negocio. Como ocurrió con numerosos establecimientos gastronómicos y culturales de la Ciudad de Buenos Aires, la ausencia de público obligó a suspender la actividad. Después de meses de incertidumbre, Los Laureles volvió a abrir sus puertas en octubre de 2021. La reapertura fue recibida como una señal de recuperación y como la posibilidad de recuperar un espacio que forma parte del patrimonio vivo de Barracas. Sin embargo, la recuperación no logró sostenerse en el tiempo. El aumento de los costos, las tarifas, la caída del consumo y la menor cantidad de clientes fueron profundizando las dificultades económicas. Finalmente, sus responsables comunicaron el cierre definitivo y dejaron planteada una situación que excede a un solo comercio: la pérdida de un establecimiento histórico y de los puestos de trabajo de sus empleados. “Con un profundo dolor, queremos contarles que el Bar Notable Los Laureles cerrará sus puertas. Han sido cuatro años de enorme esfuerzo, compromiso y amor por un lugar que representa mucho más que un bar”, expresaron sus responsables a través de las redes sociales al anunciar la decisión. El cierre también vuelve a poner en discusión la situación de los denominados bares notables de la Ciudad. Los Laureles integraba ese grupo junto con establecimientos emblemáticos como el Café Tortoni, Las Violetas, 36 Billares y La Biela. La distinción oficial reconoce el valor histórico, arquitectónico y cultural de determinados bares porteños y busca preservar aquellos espacios que, por su antigüedad y actividad, forman parte del patrimonio urbano. Pero para quienes sostienen estos establecimientos, el reconocimiento formal no siempre alcanza. En el caso de Los Laureles, la declaración como Bar Notable implicó un reconocimiento simbólico, pero no evitó que el establecimiento quedara expuesto a las dificultades económicas que atraviesa el sector gastronómico. La entrega de un diploma, por sí sola, no garantiza la continuidad de un comercio que debe afrontar alquileres, servicios, salarios, insumos y una demanda cada vez más limitada. El caso se inscribe, además, en un escenario complejo para la gastronomía porteña. En distintos barrios de la Ciudad numerosos bares, restaurantes, cafés y espacios culturales han reducido sus horarios, cambiado de actividad o directamente cerrado. Las tanguerías y milongas tradicionales también enfrentan dificultades para sostener sus propuestas frente al incremento de los costos y a una población con menor capacidad de consumo. La situación adquiere una dimensión particular en Barracas, un barrio que durante los últimos años experimentó fuertes transformaciones urbanas y una creciente presión sobre sus propiedades y terrenos. La proximidad con La Boca, su patrimonio arquitectónico y su ubicación estratégica convirtieron a buena parte del sur porteño en un área de interés para proyectos inmobiliarios y turísticos. En ese contexto, la desaparición de Los Laureles representa también la pérdida de un espacio de encuentro. No se trata solamente de una persiana que baja: detrás del cierre quedan trabajadores sin empleo, vecinos que pierden un lugar habitual y una actividad cultural que durante décadas encontró allí un escenario. La historia de Los Laureles había comenzado como la de una antigua pulpería y almacén y terminó convirtiéndose en parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Su cierre definitivo deja un vacío difícil de reemplazar porque los lugares históricos no se construyen de un día para otro. Son el resultado de años de encuentros, historias personales, música, conversaciones y costumbres que terminan incorporándose a la identidad de un barrio. A pocos días de cumplir 133 años, Los Laureles deja de ser un comercio en actividad para convertirse definitivamente en parte de la memoria de Barracas. Su desaparición vuelve a plantear una pregunta que atraviesa a numerosos barrios porteños: qué políticas existen para preservar efectivamente los espacios que integran el patrimonio cultural de la Ciudad cuando las dificultades económicas amenazan su continuidad. Porque detrás de cada bar histórico que cierra no sólo desaparece una actividad comercial. También se pierde una parte de la historia cotidiana de Buenos Aires. Notícias